1000 Conciertos

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jueves, 12 de diciembre de 2013

#37 BIFFY CLYRO, La Riviera, 10 Diciembre 2013, Madrid

Biffy Clyro en Madrid: épicos, contundentes y un puntito horteras

La banda ofreció un sólido concierto en la capital, en el que el rock grandilocuente y coreado de su último álbum, 'Opposites', fue protagonista. Y la pregunta quedó en el aire: ¿por qué no llenan grandes pabellones aquí estos escoceses? Por Ivar Muñoz-Rojas



    
Concierto: Biffy Clyro
Lugar: La Riviera (Madrid).
Fecha: 10/12/13
Precio: 24/28€
Asistencia: 2.500 personas (lleno)
Cuesta entender por qué Muse y Foo Fighters tocaron ante decenas de miles en sus últimas visitas a Madrid, y Biffy Clyro lo hizo anoche en una sala de aforo medio en la capital. Sus temas de rock fogoso y épico son ideales para corear por masas, pueden gustar por igual al rockero entendido pero abierto como al papá cuarentón enrollado e, igual que la banda de Bellamy y la de Grohl, han crecido de forma escalonada, desde los últimos 90. Mientras en Gran Bretaña, con su último y ambicioso álbum, Opposites, su lugar en primera división ha quedado asegurado, en nuestro país la banda no pasa de gustar al compañero del curro que parece normal pero que escucha música rara.
A las 21.30 arrancó su concierto (¿se puede decir con puntualidad escocesa?), ante una sala de aforo medio, pero, eso sí, con las entradas agotadas. Desde el fuerte arranque con Different people el juego quedó claro: Biffy Clyro se presenta como un trío poderoso, aunque hay trampa: dos músicos adicionales, escondidos en la penumbra, contribuyen para que aquello suene con tanta fuerza (algún foco sobre ellos, más que en su escueta presentación, no estaría de más). Cuentan los miembros de Biffy Clyro que cuando empezaron a tocar eran raritos porque eran más de Nirvana que de Oasis, como el 99% de sus colegas, y no son palabras vacías: el contraste entre la cólera distorsionada y lo reposadamente bonito, la marca Kurt Cobain, es la espina dorsal de sus composiciones, sean más o menos rápidas, felices o tristes, directas o enrevesadas.
No sólo ellos crecieron con el grunge, posiblemente también tres cuartas partes de las dos mil y pico personas en La Riviera. No faltará el treintañero que echó en falta más canciones de sus primeros discos, más toscas y menos melosas, pero cuando se lanzaron con las más emotivas y pegajosas de su último álbum (Biblical, Opposite...), crearon la banda sonora ideal para una exaltación de la amistad en una cena de Navidad, en la que no queda una corbata puesta (por si hay quien quiere ir añadiéndolas a alguna lista de reproducción, ahora que se acerca el temible momento...). Y cuando atacaron con Modern magic formula hasta consiguieron que no suene a un tremendo disparate hablar de una mezcla de Territorial pissings, de los omnipresentes Nirvana, con Another brick in the wall, de Pink Floyd. Todo vale para crear un estribillo coreable.

E igual que Muse o Foo Fighters, tienen su punto hortera. Lo llevaron convenientemente bien medido, salvo cuando les dio por dejar al cantante solo con una guitarra acústica o en Spanish radio, lo que pasaría si a Coldplay le diera por versionear a Los Panchos. Afortunadamente, pisaron rápido el acelerador de nuevo en el último tramo del concierto, rozando por momentos el rock duro (The captain). Estos escoceses no deben ser los más dicharacheros del pub y parece que son conscientes de ello, porque fueron parcos en palabras. Mejor. Cuando dijeron eso de “Sois un público increíble”, en inglés, no hubiera quedado fuera de lugar un “Eso se lo dices a todos”. Ni siquiera levantó al público un recurso tan socorrido como lucir una bandera de nuestro país. El público quería más coros que palabras. Hasta se cantó el futbolero Seven nation army, de White Stripes, tras despedirse el grupo primera vez. 
Después de los bises (Opposite, Stingin' belle y Mountains), las luces se encendieron de forma deslumbrante y llegó el momento de decir adiós a su fiel público, ahora de verdad: “Somos los jodidos Biffy Clyro”, soltaron merecidamente triunfales. Antes actuaron Walking Papers, sólida banda con pesos pesados del grunge y con Duff McKagan, ex de Guns N' Roses, en sus filas. Otra de tantas vueltas que se dan en la música: con canas y teloneando a un grupo que no hubiera nacido sin el rock que algunos de estos veteranos crearon en Seattle más de dos décadas atrás, cuando los chicos de Biffy Clyro no tenían pelos en los sobacos.  
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#36 PAUL COLLINS. El Sol, 30 Noviembre 2013, Madrid.


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#35 THE WAVE PICTURES. 26 Noviembre 2013, Charada, Madrid

Camino de la excelencia

 
 
Hay algo de mágico en la fascinación sostenida, o más bien creciente, del público madrileño por The Wave Pictures, un grupo de pretensiones teóricamente modestas que a este paso acabará convirtiéndose en algo muy importante. El trío de Wymeswold sigue aferrado al sonido tosco, clásico, expeditivo de guitarra, bajo y batería, sin que parezcan interesarles mayores aditamentos. Pero su versatilidad crece en proporción parecida al estajanovismo. Tan incapaces de refrenarse en escena como de contener la catarata de creatividad, acaban de publicar un disco doble excelente, City forgiveness, que supone el undécimo de la colección. No es pobre bagaje para unos todavía veinteañeros criados en la campiña inglesa.
La voz punzante y las letras cáusticas e ingeniosas de David Tattersall siempre han remitido al maestro Jonathan Richman o a sus buenos amigos de Herman Düne, pero la paleta de colores luce cada vez más rutilante. TWP tienen tiempo de practicar blues-rock de pulso pesado (Chestnut), la perfección cándida de Softly you, softly me, esos cálidos arpegios africanizantes que los convierten en unos Vampire Weekend de garaje o un par de versiones de su adorado Daniel Johnston. Y hasta descubrimos en el batería Jonny Helm a un vocalista excepcional: a su exhibición de músculo en You’ve got a lot of nerve se le une el papel protagonista en la afortunadísima Atlanta, que parece escrita por Costello en los años de Armed forces.
El público que casi llenó la Charada (mañana repiten, con todo vendido) se reencontró con una banda que regresa cada año pero nunca ofrece el mismo concierto. Y, más importante, que ha abandonado el divertido desaliño por el camino de la excelencia. Como si hubiera reparado, más allá del factor lúdico (hay pocas cosas más divertidas que los discursos de Tattersall, anoche con parodia de Gotye incluida), en que son endiabladamente buenos.
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domingo, 10 de noviembre de 2013

#14 ERIC BURDON, 6 Mayo 2013, Teatro Lara, Madrid



 

El abuelo blanco del ‘blues’ saca pecho

Eric Burdon reivindica su medio siglo en escena, desde The Animals a su 'Til your river runs dry', con un recital pletórico en el Lara

Fernando Neira, El Pais

A Eric Burdon le acompaña desde los años sesenta la más que honrosa apostilla de "líder de los Animals", pero a sus casi 72 primaveras puede atribuirse algún que otro mérito más. Por ejemplo, figurar entre las principales fuentes de inspiración de Bruce Springsteen, que el año pasado reconoció "en cada verso de We've gotta get out of this place" un estímulo para docenas de sus canciones. Haber participado en otra banda que pudo llegar a ser histórica, War, aunque terminó siendo expulsado de ella por estas cosas de los egos. O presumir de amigos tan ilustres como Janis Joplin, Jimi Hendrix, Chuck Berry y demás realeza de la década maravillosa.
Parece, incluso, que Eric aparece en una de las más crípticas letras de los Beatles, pero este último detalle, como se verá, engrosa la lista de las hipótesis indemostrables.
Lo cierto es que Burdon podría disfrutar de una plácida jubilación en su soleada residencia californiana, pero el mítico cantante inglés se ha dejado embaucar nuevamente por los diabólicos doce compases del blues. Y ahí le tienen: un septuagenario que de pronto entrega Til your river runs dry, uno de los trabajos más robustos y convincentes en medio siglo de carrera. Y que, no contento con regresar a los estudios de grabación, sucumbe al aroma del asfalto y se consagra a defender en directo temas como Water, Wait o el mayúsculo 27 forever, un tema en que la nostalgia deja paso a la excelencia rutilante.
Como los artistas lo son por su congénita naturaleza de seres impredecibles, el de Walker-on-Tyne ignoró las incipientes bondades de la primavera madrileña y asomó con abrigo oscuro, bufanda y guante sin dedos.
Las estrellas son así: autónomas hasta en sus sensaciones térmicas, que diría Kiko Veneno. Burdon se comporta sobre el escenario como el rockero emérito que es, con paseítos cortos, movimientos poco gráciles y un tan ocasional como torpe manejo de las percusiones.
Pero nos importa un pimiento, francamente: desde la inaugural When I was young se hace manifiesta la conexión entre tener y mantener. Y a la altura del quinto tema, el poderosísimo Black dog, su garganta ya fabrica a destajo alaridos pantanosos, gruñidos lacerantes y sucios trémolos de negritud. Por mucho que la cabellera nos muestre a un madurito de blancura nuclear.
El repertorio acompaña, sin duda, pero también la brutal eficacia de un sexteto que tan pronto se zambulle en el Delta como remite al Santana glorioso de los primeros años, con la integración de órgano Hammond, flauta y percusiones cubanas de Spill the wine.
Y en esas desembocamos en It's my life, el primer zambombazo de aquellos efímeros y turbulentos Animals, y resulta difícil contener la excitación. Porque ahí nos encontramos a un señor de hombros caídos y edad significativa que está impartiéndonos una insultante lección de rebeldía juvenil.
En cualquier caso, cada cual se excita con lo que le parece y el recital de Burdon en el Lara encontró la mayor de sus deficiencias en el patio de butacas. La cita era atípica por cuanto solo podían acceder invitados, y ello se acaba notando no tanto en la proliferación de rostros más o menos familiares, sino en el insólito trasiego de un público que entraba y salía de la sala como si quisiera evocar un vagón de metro a la altura de Sol.
Ignoramos las frecuencias mingitorias de cada cual, la necesidad imperiosa o no de refrescar las amígdalas o corroborar si el compañero de butaca brinda una conversación tan embriagadora como aparenta. Pero siete músicos en plena faena, y más tan altamente cualificados, habrían merecido un poco más de respeto.
Será mejor que nos quedemos con lo sustancial: el doble homenaje a Bo Diddley (con un tema propio y la palpitante lectura de Before you accuse me), el ineludible Don't let me be misunderstood (esta vez, con acentito reggae) y el no menos histórico The house of the rising sun, en el que el organista Red Young y el guitarrista Eric McFadden se explayaron a sus anchas.
De los Fab Four no hubo noticias, pero siempre nos quedará la anécdota más delirante en las dos autobiografías de Burdon. Al parecer, nada excitaba más al joven Eric que cascar huevos crudos sobre los cuerpos desnudos de sus amantes. Y esta práctica serviría para arrojar luz sobre la más inexplicable letra de Lennon, I am the walrus. Según esta versión, la morsa (walrus) sería una alusión en clave a McCartney, mientras que el huevero (eggman) se referiría al propio Burdon. No podemos verificarlo, claro, pero el chisme tiene su gracia.
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viernes, 8 de noviembre de 2013

#10 IVAN FERREIRO. 26 Octubre 2013, La Riviera, Madrid




 
 

27/10/2013

Si, como dice Ferreiro, los "principios son finales disfrazados de oportunidades", el cantante aprovechó la de ayer, con una Riviera entregada que había agotado las entradas semanas antes para ver la presentación de uno de sus discos más luminosos y contundentes, Miñor-Madrid. Historia y cronología del mundo, en el que se sacude cierto poso de melancolía que salpicaba discos anteriores con un trabajo lleno de positividad y energía.

Arrancó la cita con Turnedo, cantada a voz en grito por todo el público, para luego, poco a poco, ir introduciendo sus nuevos temas, como la íntima Boson de Higgs ("hoy es el día en que entiendo el sistema solar, hoy ha empezado a bailar el sistema solar"), que, excepto para los ferreiristas más acérrimos, apenas era conocida por el público, mucho del cual había venido a por sus dosis de siempre.

Y la tuvieron. Años 80 o Promesas que no valen nada no pudieron faltar casi al final de la cita para satisfacción de un público en el que, como siempre, se mezclaban dos generaciones -tipos de la quinta de Ferreiro y veinteañeros que conocieron a Los Piratas de oídas-. Ambos vibraron con clásicos como Abrázame, Inerte, Tristeza o la catártica Canciones para el tiempo y la distancia.

Como conocí a vuestra madre y sus lisérgicos ritmos fue uno de los temas nuevos que más caló entre el público, junto a Alien Versus Predator o la pegadiza Bamby Ramone. Aún habría tiempo durante las dos horas que duró el concierto para escuchar Mi furia paranoica o Dormilón' o Solaris, las dos canciones más redondas del nuevo trabajo, ansiadas por los ferreiristas y cuya sobresaliente puesta de largo culminó un concierto notable, en el quizá faltó un poco más de él, quizá más cercanía.

Y es que con Ferreiro nunca es suficiente. Para sus seguidores él es como la letra de El fin de la eternidad: "Mira esa luz, viene hacia aquí, la vimos pasar". Siempre se hace corto.
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#5 BUILT TO SPILL. 3 Septiembre 2013, Sala But, Madrid

 

 

Built To Spill, redefinir la felicidad

Mondo Sonoro,  Jorge Ramos

 Para bien o para mal, son referencia de un sonido y una época muy concretos y así se les verá siempre, porque ayudar a refundar todo un lenguaje nunca deja de ser reseñable. Pero lo cierto es que Built To Spill siguen a lo suyo, que es sacar discos que puedan mirar a los ojos a cualquier lanzamiento del mismo año y, cuidado, repartir de lo lindo en sus conciertos. Recordemos, hay trabajos suyos en tres décadas diferentes, y nunca flaquean. Sí, en directo reparten y parece que apunten los nombres. Esta para ti, esta para ti. Te hacen pasar un mal rato si tratas de pensar en conciertos mejores a los que hayas asistido últimamente. Mientras tanto, quienes nunca van a verles siguen diciendo que es porque suelen dar una de cal y otra de arena.

Con su mochila al pie del escenario y luciendo una imbatible camiseta de los Portland Trail Blazers que debió de adquirir cuando Clyde Drexler empezó a dejarse bigotillo, Doug Martsch sonríe para sí cuando (en no pocas ocasiones) se equivoca de acorde o no recuerda parte de la letra. Durante la actuación, dirige a la banda con breves señales, acompasa el cuerpo a medida que las intensidades suben o bajan, disfruta cada vez que el invade la sensación de tener a su alrededor a un grupo en extrema conjunción. Contaba recientemente que de repente, hace un año, Jason Albertini (bajo) y Steve Gere (batería) estaban ahí, tocando en la banda. Brett Netson, antes al bajo, y Jim Roth a las guitarras completan la nueva alineación.

Anuncian nuevo lanzamiento para antes de finales de año, pero esta noche poco o nada tenemos de lo que será su octavo disco. Vertebrada en sus partes clave por títulos de "Keep It Like a Secret" ("The Plan", "You Were Right" y apoteosis prebises con "Carry The Zero"), la actuación es un repaso por momentos de toda su discografía. La apertura a modo de chequeo de líneas con "Going Against Your Mind", de "You In Reverse", establece las normas que rigen durante la hora y media siguiente. Un sonido justito de volumen y pegada, pero suplido con creces por una dinámica apabullante. "Stab", "Liar" o la ufana "Fly Around My Pretty Little Miss" se suceden entre pausas para afinar y comentar la jugada. Si se rompe una cuerda, se cambia en el escenario. Ni un solo gimmick, ningún bridis al sol, canción, afinar, canción, afinar. Tan cerca del vitalismo atropellado de R.E.M. como del fluir melódico de Neil Young, siempre con el ángulo de sus coetáneos Pavement y a veces tan expansivos como la idea de los mejores Flaming Lips. Es Built To Spill un grupo que dignifica una cierta aproximación al hecho de hacer música, sacar discos y girar. Ya se ha dicho, si quieres disfrutar, lo vas a hacer, pero ellos ponen las normas. Se acerca el final. En los bises, además de "Big Dipper", suenan “(Don’t Fear) the Reaper", de Blue Öyster Cult (Martsch anda obsesionado con la frase "redefine happiness"), y "How Soon Is Now", de The Smiths. El concierto termina, Martsch recoge su mochila y sale del escenario con la toalla en la cabeza. Nunca hemos sabido si la buena es la de cal o la de arena, pero ésta ha sido una de ellas.
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#4 EBO TAYLOR, 8 Febrero 2013, Tempo Club, Madrid



 

Ebo Taylor: el renacimiento de una leyenda

Javier Mantecon
 
“El tiempo pone a cada uno en su sitio” es un proverbio popular español que podríamos aplicar a la vida de Ebo Taylor, músico legendario de Ghana nacido en el año 1936. El guitarrista, tras décadas de ostracismo, ha vuelto a la palestra reviviendo su carrera artística durante su madurez fuera de su continente. Músico prolífico e inquieto, comenzó su carrera a finales de los años 50 en Ghana y hasta principios de los años 80 fue una de sus principales estrellas nacionales. Desde entonces vivió de componer a otros músicos, retirado en Saltpond, su ciudad natal, hasta que las caprichosas modas occidentales tocaron a su puerta.
A nadie se le escapa que el afrobeat está de moda en Europa y Norteamérica, es un hecho que se puede comprobar en los clubs más “cool” de cada ciudad. Fela Kuti remezclado hasta la saciedad por los mejores DJ´s del mundo, giras de su batería Tony Allen y de sus hijos Femi y Seun Kuti por todo el planeta, y el nacimiento de multitud de bandas de afrobeat no africanas, certifican este hecho. Ebo Taylor fue testigo y actor principal en el nacimiento de este estilo en los años 60 cuando compartía residencia artística con Fela Kuti en Londres, y también en su posterior desarrollo en Ghana durante todos los años 70. Ya en el siglo XXI, animado por un público occidental receptivo, edita sus primeros discos a nivel internacional y se embarca en giras por todo el mundo occidental. El pasado miércoles, a sus 78 años, actuó junto a su banda en el club Tempo de Madrid, ofreciendo un repertorio repleto de clásicos propios y ajenos de afrobeat y también de highlife, estilo musical de Ghana al que el afrofunk debe tanto. El equipo de afribuku se encuentra con Ebo Taylor tras su prueba de sonido, e indagamos en su carrera y en su visión de futuro. El maestro nos recibe amablemente relatándonos sus vivencias pasadas y su presente como músico.
“Me encantaba tocar highlife, es el estilo musical más importante de Ghana, pero intenté modificarlo introduciendo influencias del jazz durante los 50 y principios de los 60, hasta que decidí que necesitaba ir a una escuela musical para ampliar mis conocimientos. Me mudé a Londres y entré en la Eric Guilder School of Music en donde conocí a Fela Kuti. Durante estos años toqué alrededor de toda Inglaterra, tocábamos jazz y los domingos highlife. Es así como nació el afrobeat”.
Fue durante este periodo de aprendizaje cuando Ebo Taylor cambiaría la música de su país para siempre. El highlife recibiría influencias externas una vez más para convertirse en algo más impredecible y salvaje: el afrobeat. Una vez completado su periodo de formación en Londres, Ebo decidió volver a casa para expandir el nuevo estilo. Fela Kuti haría lo propio en Nigeria.
“Volví a Ghana buscando integrar el jazz moderno con el highlife, que posee una gran influencia del jazz, de la música de iglesia y de la música caribeña. Cuando James Brown creó el funk, todas las bandas de Ghana querían introducir el ritmo, creándose una escena gigante pero con poco apoyo por parte del público, que estaba más interesado por el highlife. El funk tuvo más poso y apoyo en Nigeria que en Ghana.”
Durante los años 70 Ghana fue un paraíso para los amantes del afrofunk y del afrobeat. Multitud de bandas y solistas abrazaron este nuevo estilo, editándose una gran cantidad de referencias discográficas durante estos años. Marijata, Uhuru Dance Band, Sweet Talks, 3rd Generation Band, Rob o Alex Konadu son solamente la punta de un iceberg que posee una variedad y calidad musical a la que posteriormente Ghana no ha podido acercarse. Para iniciarse en este género recomendamos fervientemente las recopilaciones editadas por el sello Soundway “Ghana Soundz” y “Ghana Special” que tanto revuelo causaron cuando salieron al mercado y que pusieron de manifiesto la gran riqueza de la escena ghanesa durante los años setenta.
 
A pesar de la gran calidad en su historia musical durante el siglo XX, ya sea a través del afrobeat o del highlife, Ghana ha dado la espalda a este tesoro, sobre todo sus jóvenes. El estilo predominante entre la juventud en estos momentos es el hiplife: híbrido entre el highlife de los 80 y el hip hop. El hiplife se ha asentado como el presente musical de Ghana desde finales de los años 90. No queremos dejar escapar la oportunidad de preguntar a Ebo Taylor su opinión acerca de esta escena.
“El hiplife está destruyendo el highlife, porque no tiene una base musical sólida. No lo condeno porque nosotros hicimos también nuestra fusión cuando eramos jóvenes con el funk, sólo espero que en un futuro se haga con una calidad musical más profunda. Los chicos de ahora hacen su propia música, es lo normal, sólo creo que tienen que estudiar más”
La creación del hiplife durante los años 90 responde a un acontecimiento histórico de gran importancia en Ghana. A partir del año 81 comienza el período dictatorial liderado por Jerry Rawlings, que impuso un toque de queda durante casi dos años. Esta medida destruyó la escena cultural del país, obligando a todos los músicos a replantearse sus carreras. Hace menos de un mes la estrella maliense Bassekou Kouyaté, ponía de manifiesto en afribuku la necesidad de proteger la escena cultural de cada país, luchar por ella para mantenerla y difundirla ante la situación de incertidumbre que vive Malí en estos momentos. Ebo Taylor comparte esta visión. Sin vanagloriarse de su decisión, el músico ghanés nos narra las dificultades que sufrió la escena durante estos años de dictadura.
“Todos los músicos huyeron. La escena murió con el toque de queda. Yo me quedé en Ghana, produciendo a jóvenes músicos como Pat Thomas y Geydu Blay Ambolley pero siempre desde una óptica del highlife más tradicional. El riesgo musical desapareció y se creó un vacío generacional que explica las pocas referencias que tienen los jóvenes en estos días. El hiplife no tiene un lugar a donde mirar. Por esta razón no puede aprender de su pasado”
Tal y cómo apuntábamos anteriormente, la escena actual de Ghana no parece tener en cuenta su glorioso pasado. El hiplife y el hip hop han inundado el país dejando de lado a su extraordinaria historia. Ebo Taylor se muestra confiado respecto al futuro del highlife en Ghana pero no tanto respecto al afrobeat, ya más apreciado fuera de las fronteras del país de la costa de oro.
“El highlife no desaparecerá nunca, está en las raíces de nuestro pueblo. Ahora es grande en las iglesias, es allí donde está el mejor highlife. Respecto al afrofunk, es un misterio para mí el éxito que está teniendo en Europa y Norteamérica en estos momentos. Es cierto que existe una base musical basada en el jazz pero el afrobeat es una música muy africana, es extraño que sea tan popular fuera de África y no lo sea en mi continente. El afrobeat es un estilo muy minoritario en Ghana en estos momentos”
Después de hablar largo y tendido con esta leyenda de la música africana, sólo nos queda disfrutar del maravilloso concierto que ofreció en Madrid hace menos de una semana, en el que Ebo Taylor y su gran banda que milita también su hijo, Ebo Taylor Jr., desgranaron lo mejor de su repertorio. Éxitos de su época dorada como “Heaven” o “Atwer Abroba” se intercalaron con grandes temas de sus dos únicos editados fuera de Ghana “Love and death” (2010) y “Appia Kwa Bridge” (2012). Ebo conoce bien a su público y centró su repertorio en su período más funk pero también nos obsequió con una versión del clásico del highlife de los años 20 “Yaa Amponsah” que consiguió emocionar a un servidor. La sala llena no paró de disfrutar su música inmortal durante más de dos horas. Y es que tal y como se pudo oír más de una vez entre el público, “si no bailas esto es que estás muerto.”
 
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#3 PIXIES. La Riviera, Madrid. 07 Noviembre 2013


El entusiasmo demediado

El recital de Pixies de anoche en La Riviera resultó más escueto de lo habitual y ni siquiera se permitió unos bises de apoteosis

Fernando Neira, El Pais, 8/11/2013
 
Con Pixies, como con cualquier debate que se dirima bajo los parámetros de la pasión, no existe término medio. Unos los entronizan como la banda que reinventó el rock alternativo y ha servido de referente para docenas de formaciones (empezando por Nirvana, un ejemplo flagrante). Sus antagonistas los desdeñarán como un cuarteto de pobres recursos técnicos y sonoros que, de tan sobrevalorados, terminan haciéndose antipáticos. La polarización explica que la llegada de Black Francis y Joey Santiago a la capital se viviera en términos de gran acontecimiento, con las 4.600 entradas de ayer y hoy pulverizadas en horas, los reventas frotándose las manos y centenares de forofos, casi siempre más jóvenes que los oficiantes, llegados desde cualquier rincón peninsular. Ninguno de ellos se marcharía anoche de La Riviera con amargor. Pero muchos consentirán, siquiera en privado, que la cosa no fue para tanto.
Al cuarteto de Boston, inmerso siempre en disputas intestinas, no se le puede negar el empeño por hacer de cada noche una experiencia única, con repertorios y ordenaciones impredecibles. El de anoche resultó más escueto de lo habitual (29 temas, hora y media) y ni siquiera se permitió unos bises de apoteosis: Hey es chulería deliciosa y Gouge away bordea el rock de estadio, pero Planet of sound fue un adiós desabrido y mudo, por más que la irreductible almendra central del público lo celebrara dando botes.
Mucho peor fue reencontrarse, durante el primer tercio de la noche, con la sombra de aquella pesadillesca acústica rivierense que ya casi teníamos olvidada. La batería de David Lovering sonaba hueca y no había noticias del fiero chirrido en los guitarrazos de Santiago. Por mucho que Cactus, el favorito de Bowie, abriese la velada, la teórica bomba de neutrones se quedó en fogueo de trámite. Vamos abrió las puertas del alborozo, por aquello de sus frases en precario castellano, pero su solo de guitarra quedó tan escaso de notas como de ganas. Y la fantástica progresión de Here comes your man y La la love you, temas tan ruidosos como tarareables, se truncó con una de las cuatro composiciones nuevas, Another toe in the ocean, recibida con indiferencia merecida.
Francis se mantuvo sobrio y distante, pero a partir de Is she weird y el viejo Levitate me -temas que Cobain debió escuchar hasta la obsesión- elevó la excelencia de esa voz cruda y plañidera. A la sesión le faltaron, sin embargo, los picos de éxtasis para los que toda la parroquia se mostraba tan predispuesta. Havalina (como el grupo madrileño, ya que hablamos de seguidores) fue un momento refinado y Bone machine, con las características paraditas rítmicas, una inyección de energía. Pero el entusiasmo demediado en los rostros demostraba que la gran fiesta se quedó solo en rato agradable. Y el término medio, ya dijimos, casa mal con los Pixies.
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