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jueves, 14 de noviembre de 2013

#33 MUSE. 20 Octubre 2012, Palacio De Deportes, Madrid

La banda de todas las esdrújulas

Los británicos Muse solo contemplan la opción de exprimir hasta el último miligramo de adrenalina entre sus adeptos

Madrid 21 OCT 2012
 

 
 
Seis discos y varios cientos de estadios después de su fundación, a los tres chicos de Muse ya no les queda margen para el disimulo: quieren ser los más grandes y van camino de conseguirlo. Puede que su nueva entrega, The 2nd law, que presentaban ante un abarrotadísimo Palacio de Deportes en su única escala española, haya despertado reacciones más encontradas y suspicaces que de costumbre. Da igual. Los británicos solo contemplan la opción de exprimir hasta el último miligramo de adrenalina entre sus adeptos. Y anoche, más de 15.000, fuimos testigos de una auténtica riada.
Reconozcamos lo evidente: Muse son un espectáculo. Colosal. Deslumbrante. Orgulloso de su grandilocuencia. Los de Devon nacieron como los apóstoles del pathos y a la altura del espléndido Absolution (2003) nos habían persuadido de que el dolor podía resultar extraordinariamente hermoso. Eran los años de Time is running out, que anoche provocó una inolvidable catarsis de brincos y brazos al cielo. A partir de ahí, solo les quedaba la opción de multiplicar los senderos hacia el melodrama. Hoy siguen siendo agónicos, enfáticos, operísticos o apoteósicos, pero también negroides (Undisclosed desires), soñadores (Explorers, la nana que no llegó a escribir Freddie Mercury) o, ¡sorpresa!, divertidos, como en Panic station y su desparpajo funky. Tan inesperado como el tropezón que Matthew Bellamy sufrió mientras la interpretaba.
Bellamy figura entre los guitarristas mayúsculos del momento y aporta a la ecuación otra de las esdrújulas irrenunciables: mesiánico. No tanto con las palabras (no concede parlamentos, ni siquiera para salvar el Amazonas o a los niños de Biafra) como con los hechos. Había que verlo arrodillándose ante los fieles durante Follow me, otra de sus incursiones en la música bailable. O correteando por un escenario que parece el cráter de un volcán, con las pantallas gigantes integradas en él, un zigurat invertido que sube y baja del cielo y una pasarela superior en la que se luce y pavonea. Si con Wagner entraban ganas de invadir Polonia, la olímpica Survival anima a levantar unas cuantas barricadas frente al Bundesbank.
La noche había comenzado con una de las nuevas composiciones, Unsustainable, que podría evocar el aterrizaje de una nave espacial hasta que las guitarras nos sumergen en un apocalipsis sin trompetas. Supremacy amplía las influencias del Bellamy compositor: después de tantos años a vueltas con Queen y U2, esta vez recala en Led Zeppelin y su Kashmir. Muse tampoco olvidan a sus queridos Radiohead en el repertorio de estreno (Animals), pero les honra su empeño por mantener la llama de la sorpresa. Como en Madness, inaudita incursión en el dubstep, o la nueva introducción de Knights of Cydonia.
El bajista Chris Wolstenholme también debuta como cantante muy aceptable en Liquid state, mientras su bajo es un delicioso zumbido distorsionado. Al final, la épica completa el crucigrama de todas las esdrújulas. Era escuchar Starlight, tras cien minutos, y quedarse sin respiración.
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viernes, 8 de noviembre de 2013

#12 THE XX. 14 Noviembre 2012, La Riviera, Madrid






Mondo Sonoro, Enrique Peñas

Un Futuro Prometedor

Tras abrir para The XX en su gira americana, John Talabot prorrogaba en Madrid este doble cartel que certifica la notable repercusión de Fin  un álbum llamado a estar bien arriba a la hora de hacer recuento de lo mejor de la temporada. Acompañado por Pional, juntos protagonizaron un directo que durante muchos minutos estuvo a gran altura, mostrándose tremendamente vivo en temas como “Oro y sangre”, “Depak Ine” o la postrera -y muy bailada- “Destiny”. Deep house y pop que sobre el escenario estuvo más cerca de Delorean que de Four Tet, explotando su vertiente más hedonista para dejar claro que todos los parabienes que ha recibido su debut en largo están más que justificados.

La media hora que medió entre el ‘live’ de Talabot y el inicio de la actuación de The XX sirvió para comprobar el llenazo absoluto en la primera de las dos noches consecutivas del trío británico en Madrid, donde se iniciaba su gira europea. Flashes a destajo, móviles grabando para no ver nunca más los vídeos, pitillos desafiando la ley antitabaco, conversaciones en tono creciente y hasta un cierto punto de histerismo que nada tiene que ver con la imagen fría, casi de premeditado aislamiento, que transmiten Romy Croft, Oliver Sim y Jamie Smith. Nada nuevo, así que pasemos a lo estrictamente musical: es decir, al rock electrónico en ‘slow motion’ que facturan estos veinteañeros, comenzando con “Angels”, más contundente que limpia, con los graves descontrolados (incluso más de lo habitual en La Riviera).

Así las cosas, lo mejor del concierto estuvo en “Night time”, “Swept away” y “Shelter”: un cuarto de hora de verdadera intensidad, sacando partido a su evidente potencial de club y marcando quizá el camino a seguir una vez que la batalla de la intimidad estaba perdida de antemano. Porque si se trataba de reproducir la magnética delicadeza de sus trabajos, el resultado no fue tan brillante. Sí en “Crystallised”, “Islands” o “Sunset”, ejecutadas con la contención esperada. También a última hora en “Tides”, el momento más valioso de un bis extraño. No en cambio en “Fiction”, con una tibieza impropia de uno de los grupos que mejor ha sabido explotar el componente emocional de su música en los últimos años, “Fantasy” -con el problema añadido de los graves, otra vez- o “Basic space”, demasiado rutinaria dentro de un conjunto en el que “Coexist” (salvo en momentos puntuales, como el diálogo de “VCR” o el subidón final de “Infinity”) se impuso a “XX” , lo que, a pesar de los pesares, no deja de ser una buena noticia a la hora de pensar en el futuro de la banda londinense.
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#9 THE BLACK KEYS. 28 Noviembre 2012, Palacio De Deportes, Madrid





Fernando Neira, El Pais

Crepitar De Guitarras para tiempos zombies

En la ciudad de todas las depresiones, noviembre está resultando ser el mes de todos los milagros. Fue asombroso que el rock fronterizo de Calexico reventase el Teatro Kapital, y no digamos ya que los lánguidos The XX encadenasen dos veladas de gloria en La Riviera, pero ni el más osado futurólogo habría predicho la estampa de anoche en el Palacio de los Deportes: un aforo de 15.000 personas que se torna insuficiente para un dúo de rock garajero, ajeno a las leyes del mercado y la fotogenia, refractario a las radiofórmulas, las virguerías de la luminotecnia y los trucos sin empaque. Salvo algún oooh oooh de esos que parecen ineludibles cuando los ojos se cuentan por millares.
No resulta sencillo explicar el fenómeno de The Black Keys, ni desde la melomanía ni la sociología, pero anotemos al menos un par de argumentos básicos. El musical: son condenadamente buenos. Y el emocional: como estamos hasta las narices de este mundo mediocre por el transitamos con cadencia zombi, la catarsis de unas guitarras crepitantes y encabronadas sabe a gloria bendita. Es un alivio efímero, pero el enérgico estallido de Gold on the ceiling, con su batería macarrónica, el zumbido de teclados y la marea de brazos al aire, acaso figure entre los fogonazos que nos sobrevengan en la postrera película vital, justo antes de tornar en masa inerme.
The Black Keys ejercen como cuarteto en carretera, pero los jefes son los jefes. Dan Auerbach –que de lejos tiene un aire chuleta a Damon Albarn, pero menos guapo‑ canta con voz nasal y rotunda y retuerce sin miramientos las seis cuerdas. A Patrick Carney le queda menos margen de movimiento, pero arrima la batería hasta el borde del escenario y su desaforado braceo parece demandar la presencia urgente de algún fisioterapeuta. Gus Seyffert y John Wood asumen un papel discreto, pero apuntalan la colección de aullidos y distorsiones. Y ese efecto multiplicador estimula la secreción de adrenalina.
El mismo arranque, con Howlin’ for you sirve como declaración de intenciones: es blues de toda la vida, pero con la voz blanca, más reverberación en la guitarra y un estribillo para saltar mientras gritamos ‘na na na na’. Esta mezcla avasalladora se prolonga con otro tema del penúltimo álbum (Brothers), el todavía más sucio y quincallero Next girl. Áspero y ruidoso como corresponde a quienes comparten parroquia con The White Stripes y, por derivación, Led Zeppelin.
No hay en toda la noche —urgente catarata de veinte temas en una muy volátil hora y media— otro ingrediente que el del rock vitamínico. Auerbach habla poco, el repertorio calca el de la víspera en Lisboa y las pantallas gigantes apenas amplifican la silueta de los protagonistas. Run right back’ofrece, como casi todo el exitoso disco El camino, la misma intensidad en decibelios pero una aproximación más melódica. Cosas que pasan cuando se le encomienda la producción a un geniecillo ecléctico como Danger Mouse.
Dead and gone reincide en la senda del ooh ooh, mientras que Thickfreakness, uno de los títulos más antiguos del repertorio, suena sucio y desmadrado, a garito abierto hasta muy tarde y a espaldas de las ordenanzas municipales. Pero ninguno de los éxitos supera en ardor y excelencia a Girl is on my mind, con sus cambios de intensidad y Auerbach improvisando, arrodillado, en la estela de Peter Green. Añadan la apoteosis final de Tighten up, Lonely boy y el falsete de Everlasting light’ y les saldrán las cuentas: dos treintañeros de Ohio convertidos en el éxito más multitudinario y avasallador a finales de año.
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#8 MAGNETIC FIELDS. 7 Mayo 2012, Teatro Rialto, Madrid

 


 
 
 
Tener a The Magnetic Fields en un teatro de tu ciudad haciendo un concierto acústico e intimista, es algo que no pasa todos los días; y es una oportunidad que sus fans no se pueden perder (su legión de seguidores crece y crece cada día). Además, la banda neoyorquina no es muy amiga de hacer giras, por lo que es difícil saber cuándo va a ser la siguiente oportunidad de verlos en directo –hacía cuatro años que no pisaban la capital–. Con estos antecedentes, no resulta nada extraño que el quinteto que dirige Stephin Merritt se fuese de Madrid con una gran ovación del público que abarrotaba el Teatro Rialto, y con la sensación para muchos de los que estaban allí de que fue una noche especial.


Abrieron la noche Hidrogenesse. Carlos Ballesteros y Genís Segarra son viejos amigos de los neoyorquinos – Astrud fueron los que abrieron el concierto de 2004 en Madrid–, así que, aunque su propuesta dista bastante de la de los campos magnéticos, no resultó extraño encontrarse con estos dos personajes encima del escenario.
Les tocaba presentar Un dígito binario dudoso. Recital para Alan Turing: un disco conceptual donde repasan la vida del matemático y filósofo ingles. La obsesión que tenía este hombre por las maquinas y su castración por ser homosexual, son los dos pilares en los que el dúo barcelonés se ha centrado para hacer este trabajo. Muy influenciados por Kraftwerk y por la electrónica más primitiva y fría, dieron un concierto de 35 minutos bastante entretenido –los comentarios de Genís entre canción y canción siguen siendo hilarantes–. Destacaron temas como Manchester y CAPTCHA Cha-Cha, pero fue una lástima que cerraran con un tema excesivamente largo (en el que repasaban la importancia de las computadoras en nuestra historia reciente). Entretenido sin más.
Un acordeón, un piano, una mandolina, un violonchelo y una guitarra fue lo único que necesitaron The Magnetic Fields para conseguir un respetuoso silencio durante la hora y media larga que duró su concierto. Totalmente compenetrados como banda –en muchos momentos, Merritt se queda en un segundo plano dando protagonismo al resto de los miembros–, emocionaron desde el primer hasta el último acorde, y eso que el repertorio no fue una maravilla. Se dejaron en el tintero una gran cantidad de buenos temas –da una rabia tremenda estar en un concierto de esta gente y no escuchar You And Me And The Moon o I Think A Need A New Heart–, pero también es cierto que con la extensa discografía que tienen es casi imposible contentar a todo el mundo. Además, esta gira es para presentar Love At The Bottom Of The Sea, así que cayeron unas cuantas de este último trabajo –muy bien Andrew In Drag y Quick!, las cuales Merritt bautizó como los dos vídeo-hits, o esa The Horrible Party en la que demostró lo bien que se le da el kazoo–.
Evidentemente, no se olvidaron de grandes canciones de su discografía, y ahí es donde estuvieron los mejores momentos del concierto. Temas como The Book Of Love, Come Back To San Francisco o Smoke And Mirrors nos dejaron el vello de punta a muchos, y ya solo por eso mereció la pena sufrir las incómodas sillas del Teatro Rialto. Por supuesto, no faltó una buena dosis de humor negro (desternillante la historia que contaron de que el programa de Oprah inspiró la canción My Husband's Pied-A-Terre), y algún que otro chiste fácil como cuando dijeron que era la primera vez que tocaban en Broadway.
Con un bis en el que tocaron la preciosa All My Little Words (el 69 Love Songs fue el disco que ganó por goleada) y Forever And Day, se despidieron del público madrileño. ¿Cuándo será la próxima vez que les veamos por aquí? Quién sabe. Los problemas de oído de Stephin Merritt siguen estando ahí –en alguna ocasión vimos como resguardaba su oreja derecha de las ovaciones del público–, así que la cosa no tiene muy buena pinta.
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jueves, 7 de noviembre de 2013

#2 LEONARD COHEN. 5 Octubre 2012. Palacio De Deportes, Madrid.

 


Al abrigo de tu tristeza
Fernando Neira, El Pais 6/10/2012

A veces, cuando los días se tornan aciagos, solo un aporte adicional de tristeza puede servir de revulsivo. Leonard Cohen volvió a obrar anoche, en un repleto Palacio de Deportes, el milagro de la homeopatía: el veneno de la melancolía como abrigo frente a las miserias. El maestro sabe que casi todas las batallas están perdidas, pero alza, orgulloso, su figura arrugada para oficiar una ceremonia tan vieja como trascendental. Superados con creces no dos cuartos de siglo, sino tres, el caballero de sombrero borsalino nos cobró un dinero importante por sus valiosas canciones, pero regaló una sobrecogedora lección de dignidad. Andábamos mustios, Leonardo, así que nunca sabremos cómo agradecer que nos doblegaras con la profunda gravedad de tu canto. Nos lo aclaraste ya en la segunda canción: “He visto el futuro, hermano, y es un crimen”. Y en la siguiente, Bird on a wire, que interpretaste arrodillado, encogido como en una plegaria abisal. Y a los pajarillos en el alambre se les encogían las tripas. Como a ti esa voz lastimada, medio consumida, pero con la sabiduría que no podría aportar ningún jovencito irredento.
Latía en el ambiente el recuerdo de aquella velada memorable, tres años atrás, cuando nada esperábamos ya del anacoreta canadiense y su sobrevenida bancarrota —bendita sea la cruel desfalcadora— le obligó a retornar a la carretera. Poco ha cambiado. Los músicos permanecen, Neil Larsen es un sublime organista de Hammond y el laúd de nuestro Xavier Mas lo tiñe todo de una mediterraneidad confortable. Pero el poeta ha tenido tiempo de concluir un nuevo álbum, Old ideas, de equívoca apariencia menor. El misticismo de Amen, con su espléndido violín plañidero, y la majestuosa Come healing, bella como una canción tradicional irlandesa, propiciaron los mejores momentos de la primera parte.
Leonardo ha incrementado su repertorio, pero no deja de visitar, a sus 78 inviernos, tantas páginas que le aseguran el pasaporte a la eternidad.“Me duelen los lugares con los que solía jugar”, musita en Tower of song, la jaculatoria que abre la segunda mitad. Y a partir de ahí, una cascada de palabras mayores. Suzanne, Hallelujah, First we take Manhattan. A veces su voz de barítono parece no provenir del aparato fonador, sino de las mismas entrañas. So long Marianne, Famous blue raincoat, Take this waltz. Es cierto: alguien que ama a Lorca solo puede albergar belleza en su corazón. Gracias por darnos buena vida, Leonardo.

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